Esto no le pasa a la gente. Capítulo I: Una noche fría y el final

Mientras miraba la cruz que se erigía en el campanario de una iglesia de barrio, no era consciente que el frío me carcomía los brazos. Apenas observaba una figura que pronto se perdió en mis pensamientos y allí, en mi mente, apareció un recuerdo claro de una mañana dominguera cuando regresé a una reja a hablarle a una mujer capaz de revolucionar mi interior en unos cuantos días, con su voz y sus letras.

Aún no lo sabía, no ese domingo, pero ese empujón natural del destino, que suele denominarse como ‘señal’, terminó en un par de sonrisas y un número de teléfono que me dejó con un escozor constante. Ese fin de semana, ese día que con mi sobrina la descubrí a ella, a ti, terminó siendo un recuerdo hermoso y de paso un regalo inesperado porque, más que lo palpable, que lo costoso, que lo dispendioso, al final, la vida te enseña que los mejores detalles, son aquellos que se aferran a tu mente durante años y te hacen sonreír y evocar los sentimientos.

Así que evoqué una y otra vez tu imagen y, forjando una adicción agradable, pero al fin y al cabo adicción (peligrosa), te invité a salir. Ahora te hablo directamente a ti, porque encontré a medida que escribía, las agallas para hacerlo.

En medio de la noche, aún con la mirada puesta en la cruz, tenía presente tu nombre, tu acento, tu voz y me costó recordar tu rostro que poco a poco se fue descifrando: delgada, alta, labios algo gruesos y algo estrechos, cuyas comisuras se veían suaves y unos ojos sencillos, pero expresivos… yo pensaba, yo sonreía, concluyendo que ese tipo de locuras son las que le dan sentido a la vida, son las que te enseñan que tomar riesgos, en ocasiones, definen tu destino…

Por ello podía pensar de ella, que es una de las mujeres que no necesitan la luz de la luna, que les sobra con las que emite su alma, que cuando caminan sobre el pavimento lo queman, le dejan marca…

Esa noche, en la que me preparaba para verla, noté mis brazos extremadamente fríos, pero no era gracias a esa noche gélida, sino a esa sensación intermitente que navega entre el temor y la seguridad y que crece en las ansias. Ver a la mujer que te ha causado tanto en tan poco, es como adentrarse a un río poderoso que te arrastra, pero que te permite caminar, para que al final salgas con una vasta fuerza que te hace desconocerte, pero que te renovará.

Y la vi de reojo y luego giré la mirada y cuando la vi y me vio, esa noche fría se tornó inexplicable. Había una atracción especial, como si el mundo se centrara en ese punto, en ella y en mí y todo lo demás desapareciera, como si no importara, o más bien, como si su fuerza y la mía fuera necesaria y suficiente para que el mundo funcionara. Ante el desconocimiento apenas nos saludamos, pero tal vez debimos dejarnos guiar y cambiar la historia de todos los primeros encuentros ¿cómo? No sé… pero la vida no funciona así.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.